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Hace unos meses, una amiga y colega, Daniela Novoa, me introdujo en un camino espiritual llamado “Un curso de milagros”. Es impresionante cómo cuando estás en búsqueda, las respuestas llegan a ti. Venimos de un mundo de luz en el que todos somos uno con Dios, o amor incondicional, o como quieran llamarlo y es nuestro ego, lo que nos hace creer en la ilusión de estar separados. Las relaciones son la mejor manera de trabajar para acceder a nuestra paz interior. Y aunque creamos que hay muchas opciones para elegir, existen únicamente dos: amor y miedo-culpa. La primera viene de Dios y la segunda del ego. Percibimos el exterior a través de nuestros sentidos y el significado que damos a lo que recibimos se relaciona directamente con nuestras experiencias pasadas, creencias y miedos. Cuando el ego es quien toma el control, nos hace creer que estamos fragmentados y que somos “atacados” por agentes externos, llámense circunstancias o personas, cuando la realidad es que solo son nuestros pensamientos los que nos hacen sentir en un estado de infelicidad constante. Por eso lo que es indispensable es corregir nuestra mente y no el exterior.
El ego nos hace creer también que en el pasado sufrimos y nos desalienta para vivir el presente. Es como despertarte de un sueño y seguir creyendo que lo que viviste ahí fue real.
Y el miedo no es parte del amor. De hecho no pueden coexistir. Apegarnos al pasado es precisamente lo que nos causa temor y preocuparnos por el futuro es lo que nos da ansiedad. Y en realidad lo único con lo que contamos es con este momento. Culparnos o culpar al otro son mecanismos del ego para atascarnos en lo que ya fue y reforzar la idea de separación.
Lo importante es concentrarnos y ver la luz en nosotros mismos, en nuestro yo perfecto y ver al otro de igual manera. Sin pretender castigarnos. Solamente en este punto, en el que identifiquemos la inocencia de ambos es posible llegar al perdón, que no es otra cosa, sino la corrección de nuestra mente. Es aceptar que es el miedo lo que nos hace reaccionar como si fuéramos agredidos constantemente y recurrir a nuestra fuente original de luz y de amor.
Para aquietar la mente, te voy a dar un ejercicio: cierra los ojos y haz contacto con tu respiración. Mientras inhalas repite en tu mente “Estoy” y mientras exhalas piensa “relajad@”. El tiempo que sea necesario hasta que logres esa paz que proviene de Dios y reconozcas la unidad en la que estamos todos. Una vez que logres despejar tu mente, obsérvate a ti llen@ de luz y a alguien con quien tengas algún conflicto en este momento. Trata de dejar de juzgarte y juzgar al otro y solamente siente la unidad con los demás. Hazlo cuantas veces sea necesario en tu día y verás los resultados.