The Bright Side| 28/04/2016 |12:37 |The Bright Side | Actualizada
21/06/2016 19:38

De niña me encantaba jugar a la escuelita. Ponía mi pizarrón y le enseñaba a las muñecas. Más tarde me preparé para ser maestra de inglés y pedí trabajo en el colegio en el que estudié.  Conocía bien la técnica, pero nada se compara a pararte frente a 33 niñas de entre ocho y nueve años en la vida real. El segundo día en uno de los salones llegaron muy alteradas y no lograba que se sentaran. Les pedía silencio y nada… ¡Y me imitaban cuando las intentaba calmar! Me dije: “Esto no está pasando, ¿qué hago?”. Subí la voz y les dije que todo el grupo estaba reprobado en conducta… Silencio total… ¡Yo estaba más asustada que ellas!  Poco a poco fuimos adaptándonos. Al principio fue complicado, porque mantener la atención de estas chiquitas no es cosa fácil. Copiar del pizarrón les costaba mucho trabajo.  Cometían muchos errores. Entonces pensé que seguramente obtendría mejores resultados con motivación que con castigo y cambié radicalmente mi forma de interacción con ellas. Les propuse que quien escribiera en su cuaderno sin faltas tendría un 10 más una estampita. Mi sorpresa fue enorme cuando vi que cada vez ponían más atención y las calificaciones subían. Cambié las dinámicas de estudio para que fueran divertidas. Una vez a la semana daba la clase en el jardín; a veces me disfrazaba; ellas preparaban los murales del tema del mes. Ver la emoción de cada una expresándose era un regalo. Las observaba mientras se oían risas y trabajaban en equipo.  Me dediqué a percibir a cada una y ver la manera en la que las tímidas se atrevieran a levantar la mano, echándoles porras entre todas. Les decía: “Para mi lo más importante aquí, más que aprendan inglés, es que se sientan seguras”. Y creo que lo logramos. El promedio final de los dos grupos fue de los más altos de primaria. Ellas fueron mis maestras, y me guiaron de la mano para enseñarme cómo los seres humanos reaccionamos mejor ante los incentivos que ante el miedo y que un trabajo puede ser algo muy divertido. Conservo todos los dibujos que me regalaron con tanto cariño. Sus ocurrencias me siguen haciendo reír. Una de las mejores puntadas fue un día que les dije: “Niñas, no me acuerdo que cuando yo estudiaba aquí nos portáramos tan mal”, a lo que una de ellas me contestó: “Ay Teacher, cuando tengamos tu edad, nadie se va a acordar de lo que pasaba aquí”… Hoy justamente tienen la edad que yo tenía en aquel entonces y no sé si se acuerdan o no de lo que pasó ahí. Sin embargo, recuerdo cada una de sus caritas y no puedo dejar de sonreír.